
PARTE 1
Santiago Montero no estaba preparado para que el pasado le caminara de frente un sábado por la tarde en Plaza Carso.
Iba con un café americano en la mano, traje azul marino, reloj caro y esa cara de hombre que siempre tenía prisa porque el mundo, según él, debía esperarlo.
Acababa de cerrar una junta con inversionistas en Polanco.
Hablaban de millones, de expansión, de comprar terrenos en Querétaro, de abrir 3 torres nuevas antes de fin de año.
Santiago entendía perfecto ese idioma.
Dinero.
Poder.
Apellidos.
Control.
Pero todo eso se le borró de la cabeza cuando vio a Valeria Ríos saliendo de una librería infantil.
Ella llevaba jeans claros, blusa blanca, tenis sencillos y el cabello recogido de manera distraída.
No parecía la joven temblorosa que 5 años atrás salió de su oficina con los ojos rojos y la dignidad hecha pedazos.
Parecía otra mujer.
Más fuerte.
Más cansada.
Más mamá.
Y no venía sola.
A cada lado traía a 1 niño.
2 niños de unos 5 años, idénticos en la forma de caminar, distintos en la mirada.
Uno iba brincando con una mochila de luchadores.
El otro abrazaba un libro como si fuera un tesoro.
Santiago sintió que el café se le aflojaba entre los dedos.
Porque esos niños tenían sus ojos.
No parecidos.
No “a lo mejor”.
Sus mismos ojos color gris claro, rarísimos en la familia Montero, los ojos que su abuela presumía como si fueran una marca de sangre.
El café cayó al piso.
La tapa salió rodando.
El líquido salpicó sus zapatos italianos.
Pero Santiago ni se movió.
Su asistente, Jimena, se acercó alarmada.
—Licenciado, ¿se quemó?
Él no contestó.
Miraba a Valeria.
Miraba a los niños.
Miraba la vida que había seguido sin pedirle permiso.
Valeria se agachó para limpiar con una servilleta la cara del niño de la mochila, que traía chocolate en la comisura de los labios.
Él se rió.
Ella también.
Esa risa le pegó a Santiago más fuerte que cualquier insulto.
Recordó una noche en su departamento de Reforma, cuando Valeria se burló de él porque no sabía calentar tortillas sin quemarlas.
Recordó cuando ella le dijo que estaba embarazada.
Recordó el sobre.
El maldito sobre.
Dentro había dinero, una cita en una clínica privada y el número de un abogado.
Santiago había dicho que no era el momento.
Que su mamá no lo aceptaría.
Que la prensa destruiría todo.
Que ella merecía algo mejor que un escándalo.
Valeria lo miró entonces como si acabara de conocerlo de verdad.
—No me estás protegiendo, Santiago. Te estás protegiendo tú.
Y se fue.
Ahora estaba ahí.
Con 2 niños.
Con sus ojos.
Valeria levantó la mirada y lo vio.
Su sonrisa desapareció de golpe.
No gritó.
No corrió.
Solo puso su cuerpo delante de los niños, como una muralla.
Santiago dio un paso.
—Valeria…
Ella apretó las manos de los pequeños.
—No.
Una palabra seca.
El niño del libro miró a Santiago con curiosidad.
—Mamá, ¿ese señor te conoce?
Valeria tragó saliva.
—No es nadie, Mateo.
Santiago sintió que algo se le rompía en el pecho.
El otro niño levantó la cara.
—¿Por qué está llorando, mami?
Santiago no se había dado cuenta.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Antes de que pudiera decir algo, su celular vibró.
Era un mensaje de su madre.
“Si viste a esa mujer, no hagas una estupidez. Esos niños nunca debieron nacer con nuestro apellido.”
Santiago leyó la frase.
Y por primera vez entendió que lo que venía no solo iba a destruirlo a él.
Iba a incendiar a toda su familia.
